Capítulo 3(dedicado a Ophelia y a Juan, recuerdo nuestra corta estadía, hicimos muchas flores de goma Eva, nunca los olvidaré)
Había una vez una ciudad en la que la enorme cotidianeidad mantenía a los habitantes totalmente ocupados, marionetas del caos económico para poder sobrevivir. El clima estaba destruyendo todas las capas terrestre, volcanes en constante agitación, terremotos que sacudían ciudades enteras desbastándolas, lo más preocupante vino cuando glaciares y témpanos de hielo comenzaron lentamente a derretir las masas de agua congeladas de años. Sobrepoblación y nuevos virus se expandían como la luna saliendo detrás de la cordillera. La contaminación estaba en el límite. Era tanta la basura en el planeta tierra que con toda ella se podía formar una bola tan gigante como del tamaño de Mercurio. La tierra era un desorden. Los humanos estaban muertos en vida, como zombies. Esclavos de la cotidianeidad laboral, presos de sus móviles celulares. Estudios arrojaban los porcentajes específicos de cuantos habitantes usaban celular y otro estudio hablaba de a cuantos los dominaba la red web internet. Eran peones de una dominación estratégica. Políticos y entes inter espaciales. El cielo nocturno era el único que escondía poco y mostraba más de lo que quisiera ver algún científico o astrónomo de esos que llevan años siguiendo casos de vida alienígena en la galaxia. El cielo Nocturno enseñaba las respuestas, mostraba la verdad. Nadie miraba. No miraban porque fueran ciegos, sino porque penosamente… no querían ver. Líderes del mundo analizaban en juntas y reuniones secretas el cómo eliminar la sobrepoblación. En cómo encontrar un nuevo planeta en el sistema solar para habitar y escapar. Quedaba poco tiempo para una catástrofe y se sabía, se sentía en el alma. Lentamente se fue renunciando a este hermoso planeta. Un planeta que gemía y pedía a gritos que lo salvaran. Sangraba con savia y lava. Intentaba comunicar a los humanos que existía y movía su capas tectónicas con la esperanza que se fijaran que también era parte de ellos.
Pasaron los años y las golondrinas volvieron a anidar los tejados. La vida era dura, muy dura era la vida. Sobre todo, para Deneb.
Abrió sus ojos y aclaró la visión para mirar los reflejos que se colaban entre las cortinas de la ventana. Fue difícil para ella asimilar la realidad. Despertó. Conectó el alma con la mente. Corazón con cuerpo y ritmo cardiaco. Cuerpo con mente otra vez. ¡Había sido un sueño! ¿ Quizá una pesadilla? ¿Y si hubiera sido una premonición? Sentía que enloquecía copiosamente y enfermaba de los nervios sometida en un laberinto oscuro. Presentía que algo pasaría, algo dañino, catastrófico sin luz y la angustia carcomía su estómago. Se atoraba en sensaciones las que no podía ordenar, le provocaban dolor de cabeza. Se enrabiaba por no comprenderse. El asco revolvía su vientre, jugaba con su apetito y le clavaba más angustia. Lloraba sus lágrimas demacradas, rodaban por su rostro como sudor. Era toda huesos y clamor. Parecía una ermitaña. Había perdido el juicio; ambos juicios, el juicio propio y el juicio de tribunales. Estaba aterrorizada por alucinaciones de cien hombres romper su cuerpo. Vivía con la incertidumbre desollante y salvaje que la engullía presa del frenesí.
Sus neuronas enviaron comunicación eléctrica a todos los rincones del cuerpo mediante sinapsis, pero seguía dormitado por la ensoñación. Abatida por la angustia que la poseía a diario, no logró estar tranquila, aquello que vio en sus sueños la atosigaba cada instante. De pronto, sus oídos percibieron el agudo sonido del violín que provenía desde algún rincón de la casa. Desde el tocadiscos de su padre hasta la habitación, viajó la melodía. Exasperantemente irrumpió su ensimismado existencialismo. El llanto del instrumento de cuerdas traspasó su quietud abriendo paso a la irritabilidad de su ser. Cuando el violín cesó su frotado éxtasis, aparecieron los vientos y percusiones étnicas para darle la bienvenida al clímax en el cual la piel se eriza y se estremece. Ella solo sintió más dolor y melancolía. Frotó sus manos para darles tibieza, buscó en el estuche de maquillajes alguna cinta o liga para ordenar un poco el cabello que lucía orgulloso, dramático y revoltoso como fiera al acecho. Y así empezó su día: Marchita como rosa roja congelada a inicios del feroz invierno. Ojerosa como un libro de cuentos olvidado en el estante, lleno de polvo húmedo. Pálidamente triste como luna en noches de conjuros. Estropeada por la vida misma, arruinada por los fármacos que anestesiaban sus impulsos nerviosos. Enferma por demonios, poseída por maleficios. Menguada, atemorizada por Neptuno y Urano al ver sus ojos reflejados en el espejo. Triste. Rota. Debajo, en medio de la piel y los músculos, ardían sus venas, quemaban cada día como un glaciar filoso e irritante. Tenía los brazos amoratados, hematomas que iniciaban con punciones de jeringas y terminaciones con cortes irregulares magullantes. Las paredes salpicadas con pequeñas gotas de sangre creaban un cuadro artístico al estilo victoriano que incluía cabello pegado con restos de piel y uñas. Signos y estigmas, productos de luchas paganas que ejercía con violencia contra su cuerpo, luchas con sabor a hierro, luchas a las que ni a Dios ni al Diablo le importaban, luchas inquisidoras, luchas sacrílegas llenas de voces mentales que le obligaban a gritar improperios a las personas que intentaban atar sus muñecas para que abandonara la pared y para protegerla a sí misma de su brutalidad convulsiva. Todos los días era una lucha, una constante amargura violácea, un grito, un lamento, un espíritu distinto, una batalla mental en el subconsciente. Se olía el horror. Psicológicamente atormentada y mil veces exorcizada por su madre, traída a la realidad por su padre. Perdida en el limbo, esclavizada en el infierno de su propia mente. Una soga al cuello, coctel medicamentoso, golpes autoinfligidos, arañazos que batían su cabello ondulado, esa celestial y majestuosa cabellera cenizosa, lo único mágico que quedaba de su belleza. Ese cabello fuerte, ese que recordaba a las medusas bailar en el mar, se batía a guerra con los malditos demonios de aquel hombre que la violó cuando era una niña. Ese cabello; la única armadura que no se rindió jamás, aquel cabello que emulaba el pelaje de un animal erguido y alzado que con o sin jaula nunca bajó la guardia dando pelea por ser liberado. Deneb quería correr como esa fiera que la envolvía de pies a cabeza cuando incasablemente pedía a gritos viscerales que le contestaran por qué. Ese cabello siempre siguió libre. Cada vez que ella moría por dentro enjaulada en su prisión, su cabello volvía a darle qué hacer, y este día no fue la excepción… acomodó finalmente su maraña en un moño con una liga, mirándose al espejo del tocador, su cabello la saludaba por encima de la cabeza, cual corona de rayos estelares… mientras que su alma se azotaba con rabia contra un látigo y su cuerpo se amarraba a la corona de espinas de la violación… su cabello convertido en corona le susurraba despacio, que mientras tanto ella daba la batalla campal sin cansancio, él iría en su ayuda al encuentro: contra sus ánimas.
(¿Cómo siente una persona con trastornos mentales? Crisis de pánico: Volcán en Erupción)
Información Importante:
Servicio de Salud de Chile
Contactos Fono Ayuda Trastornos Mentales: números habilitados son el +56 9 5770 2594 y +56 9 3286 0662, y funcionarán en días hábiles de lunes a jueves de 8.30 a 13 horas y de 14.30 a 17 horas, mientras que el día viernes la atención será en horario 8.30 a 13 horas y de 14.30 a 16 horas.
Cabe destacar que esta nueva estrategia complementa los teléfonos de apoyo a la comunidad ya existentes, como el fono de Salud Responde, 600 360 777, y los números dispuestos por el Servicio de Salud para atender consultas exclusivas sobre COVID-19, +56 9 8920 3180 y +56 9 4207 1704.
*Libro 1, Stella. Sacramentos Astrales. por Valentino Ryder, Chileno.
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