Fulgorella (Crónicas de una Estrella Fugaz)
Cuento Sagrado de las Escrituras Astrales
1era Parte
Fulgorella
Crónicas de una Estrella Fugaz
Desde el alto cielo nocturno por sobre la tierra, se abría en el firmamento un manto de luces ardientes que refulgían como mosaicos, extendían con fervor su resplandor, titilaban el brillo estelar como las pestañas de una fina doncella de piel lunar que abanica sus encantos en noches del apogeo astral. Estaba confinado sólo por los bordes terrestres que limita con árboles y edificaciones con luminosidad tenue amarillenta.
Una magnifica ciudad en continuo movimiento peleaba con su luz artificial en contra de la luz de cada estrella del majestuoso manto. En una de las villas de la cuidad vivía un niño el que todos los días al caer el crepúsculo salía a mirar como aparecía lentamente cada estrella, se sentaba en medio de los espinosos rosales del patio trasero al que designó como un lugar astronómico, ahí imaginaba lugares, historias y las hacía realidad mirando el parpadeo de cada astro.
El abuelo del niño le llenó la mente de creatividad a tal punto que muy pronto empezó a volar en la magia, deseaba ver un estrella fugaz surcar el cielo, era por lo que se motivaba a mirar el firmamento, el abuelo le dijo no existía mayor espectáculo que ver una estrella fugaz desplegar su polvo chispeante, pero sin lugar a duda el mayor motivo aún era verla y pedirle un deseo. Todos comentaban que cuando se lograba ver una estrella fugaz, se le pedían deseos. Un deseo. El niño nunca deseó otra cosa, conocer las estrellas y jugar con ellas, se preguntaba cómo sería tocar una y tocarle las manos, quizás tenían alas, se las imaginaba con cuerpos humanos vestidas de princesas, con diademas con cristales brillantes y poderes mágicos, con cabellos largos los que flameaban como el sol, cada día su fascinación por ellas era más potente.
Así fueron pasando los días en sus ensoñaciones crepusculares.
Noche tras noche.
En unas de las tantas salidas al patio se apartó una rama de rosa del rostro con rabia porque luchó con la rama espinuda, vio una luz distinta a las demás que titilaba de una manera desesperada, cuando logró despejarse la visión con el dorso de la mano quedó petrificado al darse cuenta de que la estrella descontrolada se convirtió en cinco segundos en una bola de fuego con una cola de cohete que atravesó su corazón de emoción, una estrella fugaz le saludaba con su capa. Sin pensarlo dos veces su boca pidió el deseo que aguardaba de años en su pecho.
-Deseo que te conviertas en humana y que vengas a jugar conmigo querida estrellita- dijo el niño y para asegurarse que su deseo estaba siendo oído por la vía láctea lo repitió 3 veces. Se transformó en eco la parte en que decía “que te conviertas en humana” como si el espacio hubiera aguantado solo esa parte de la frase y las palabras del niño, asimilando más que un deseo caprichoso era un clamor de súplica que provenía del corazón. El Universo concede las peticiones que vienen del corazón, del alma, que vienen de la añoranza apasionada. El Universo está en constate observación de la humanidad y al sentir la osadía del niño llena de valentía y esperanza permitió que la estrella fugaz no extinguiera su refulgente ascua en el alto cielo y cambiara su ruta hasta la tierra firme precipitando su luz que al chocar con ella se apagó su fulgorita y como el emplumado ave fénix que ahoga sus llamas para renacer algún día, cubrió de cenizas la tierra, muriendo a los ojos de cualquier espectador y del niño que sentía como latía su cuerpo de éxtasis.
Valentino Ryder, Chileno.


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