Resplandeciente como Estrella del Cielo Nocturno
Capítulo Uno
Resplandeciente como Estrella del cielo Nocturno
(a los niños y niñas de corazón indomable)
Érase una vez una gran cuidad. Eran las 01:00 am del año 1988; un capullo de mariposa Vanessa de los cardos de la tarde primaveral, curiosamente en medio del invierno, rompía la crisálida para nacer por tercera vez en su vida evolutiva, al mismo tiempo una madre en un hospital estatal, separada por unas cortinas, en su camilla blanca de la sala de maternidad, hacía sus últimos esfuerzos por alumbrar su cría, una bebé que al nacer irradió más luz que una supernova, entregando un resplandor tan poderoso, que nadie pudo ver su luz. Encegueció y escarchó todos los globos oculares de la sala, llenando con una extraña melancolía a todos, lo que los hizo asimilarlo con las lágrimas.
-La niña es robusta… tiene signos vitales estables-señaló la enfermera de parto con los ojos lagrimosos y una voz susurrante.
-Su madre ni siquiera alcanzó a ver el rostro-agonizó en un micro suspiro la enfermera que preparaba la sábana para limpiar a la criatura.
Cada vez que nace un niño, una mariposa rompe su capullo para celebrar con un baile, ese es el baile de las hadas. ¡Sí! las hadas… hadas madrinas…
La vistieron con una camisa celeste y encaje morado, parecía muñeca de loza, blanca con inmensos ojos, semejantes a los planetas Urano y Neptuno. Eran ojos grandes llenos de pestañas, larguísimas, tupidas, profundos como un océano en calma de aguas turquesa. En ese momento, el llanto de la niña inundó de truenos la sala de cuidados, venía al mundo e iniciaba su vida llena de frágil intensidad. Frágilmente poderosa. Cualquier persona que hubiera pasado frente a la sala, habría pensado que a dentro estaban realizando un espectáculo pirotécnico de fuegos artificiales en tonos blancos azulinos.
-Deseo de todo corazón que sea adoptada por una familia que la atesore como diamante-exclamó la joven enfermera encargada del papeleo adoptivo del hospital.
-No sé… más bien un matrimonio que la ame, le hagan el gusto, juegue y sea feliz -recitó sin cortar el aliento la cuidadora de bebés, cargando en el regazo a la niña.
-Prefiero que la familia adoptiva este bien constituida en varios ámbitos… mentales, económicos… espirit…
- ¡Qué fastidio! ¡Por Dios! ¡Calla esa boca tan experta!-interrumpió una de las enfermeras jóvenes a la más anciana, mostrando una mueca con los labios apretados e hizo parpadear los ojos tornándolos de derecha a izquierda.
De todos los bebés que habían nacido, ella era la más terca, se aferró a la vida incluso en el momento más adverso para la vida de un ser humano… quizás… poseía brillo en los ojos más que otros, era como un premio a su primera batalla en este mundo, batalla de la que salió victoriosa… por ese brillo tan especial, la familia León firmó su adopción y custodia completa. Nunca nadie la reclamó, no llegó familiar a preguntar por ella, tampoco se supo nada del padre, las asistentes nunca dieron con la información necesaria.
Antes de su llegada al caserón de campo, adornaron un cuarto lúgubre y sombrío, pintándolo en colores pasteles e “intensos”, parecía una oda al arte y a la desesperación de un vientre por años infértil que lastimosamente divagó entre la felicidad y el llanto buscando una semilla primogénita. Una semilla estelar. Había una cuna tallada a mano en madera de roble con figuras hechas con lupa en la que la luz solar pasando atreves de ella dibujó líneas locas en terminaciones de caracol, formando mosaicos psicodélicos, simulando adornos de hojas de libros, en una esquina estaba puesto un baúl añoso, encima estaban puestos unos cojines bordados en cintas, rellenos con plumas de pato, tenían terminaciones en crochet con un fino hilo de color cáscara ocre, en el piso una alfombra de telar a lana natural de oveja, sin teñir… en un rincón de la cuna, una mesita de noche, tenía puestos unos peluches de trapo, en la muralla clavada estaba una repisa llena de libros de cuentos antiguos y separada por una lámpara de parafina pegada en la pared, un macizo ropero con cinco repisas, cuatro cajones en fila, el primer cajón tenía cerradura y una llave oxidada puesta. Todos los muebles barnizados en óleo transparente oloroso, el piso de madera muy cuidado con cera, también al lado de la cuna se semi balanceaba una silla mecedora de color rojo granate, en medio sentada una muñeca de cabellos chocolates con cuerpo blando, extremidades de madera finamente pulidas tan perfectas que le daban a su cara aspecto real y genuino, al abrir la puerta por leves segundos se veían tan real que parecía humana.
- ¿Viste mi amor que lo logramos? te dije… ¿Quién es mi consentida? ¿A ver? ¿Quién? ¡Te dije que había magia! Soy un mago y te…
- ¡Ay! ¡Arturooooo!... sh sh sh… la vas a despertar, baja la voz mi amor…
Creció mimada, llena de atenciones, le inculcaron valores inquebrantables, perennemente imborrables, esa casona era como un castillo en medio del campo, lejos de algunas tecnologías, pero a su compensación aire puro, arboles inmensos, hortalizas de huerto, animales, agua cristalina de pozo, esa agua fresca, helada que calma la sed y el dolor, curiosa mezcla que desliga pesares. Real. En los corrales de vacas había una manga de estacas de palo puestas para meter en fila a los terneritos que necesitan ser vacunados, la vida era bella ahí, las aves con sus sonidos llenaban de música cada recoveco del terreno, se oía a las gallinas cacarear avisando cada vez que ponían un huevo en los canastos, ovejas, corderitos, carneros, potros y caballos corrían jugueteando entre ellos… la armonía era pan de cada día. Escudo protector.
Arturo León como buen capataz de potrero, era un señor alto y fuerte, su anatomía pesada por los años de trabajo, se le notaba la marca del sombrero en la frente, la cantidad de horas dedicadas a los animales, sus manos encalladas por el tallado, pasatiempo que adquirió para aplacar el dolor de las continuas pérdidas espontáneas de su esposa, era un hombre de bien, lo buena gente no se lo quitaba nadie, ni siquiera un profesional titulado de esos estudiosos y sabiondos. Transmitía calma a tal punto que un súper héroe quedaba diminuto a su lado, pese a sus ademanes toscos y graciosos, con sus cejas daba la sensación de que estaba sufriendo, pero si sonreía un poco se veía tierno, la sonrisa la conocía solamente su esposa, su hijita y el pastor alemán que tenían como guardián, perro loco, mañoso, dormilón y juguetón. Su piel estaba la mayor parte del tiempo enrojecida por el fuerte sol que quemaba en tiempo de verano, era una sutil alergia, por su frente ya surcaban algunas arrugas y líneas de expresión por la misma razón. Creía demasiado en ese Dios de amor que sacrifica la vida por otros, por lo tanto, a aparte de ser un hombre fornido campesino, era un temeroso, un valiente, un luchador. Lo único que anhelaba… su esposa feliz... se sentía en la obligación de quitarle todas las penas de una vez. Ella era dócil, de tez clara, mejillas flexibles, rosadas… no era alta ni baja, se puede decir… de estatura mediana… para ser una mujer de campo, era bastante suave en sus modales, con una anatomía fina y atlética, con hombros redondos, casi minúsculos, manos hábiles que siempre estaban ocupadas ya sea en la cocina o en sus telares de lanas o en su afán del bordado y el crochet, podría haber tenido el cabello largo, pero no le gustaba verse tan religiosa, por lo que se lo cortaba cada vez que iban a la cuidad con su esposo hasta los hombros, Su cabello era importante. Brillaba. El color era de un tono miel, pero no cualquier miel de abeja, era de ese mismo color, porque hasta olía a miel, su expresión era toda compasión, en su rostro se podía apreciar una zigzagueante, cenizosa y dulce maravilla del fogón, su perfume se percibía a los pocos pasos, era un aroma entre la resina del almendro en flor, aceite de limón y el frescor a mañana con rocío, de esas que su piel atrapaba cada mañana que se levantaba para revisar las aceitunas en la lejía. Olía a recetas dulces. Dulces. Olía a mamá. Como buena cocinera, leía mucho sobre recetas, le encantaba leer novelas... novelas de magia, dragones, brujas, príncipes y doncellas acorraladas, leía tanto que sus ojos con el paso del tiempo necesitaron anteojos, se maquillaba los ojos con bastante máscara de pestañas y se hacía un delineado de color negro encima del párpado dándole el aspecto de una felina lectora sentada al lado de la olla vigilando la comida, le gustaba trepar el tronco del peral para llamar a su esposo a comer, a veces Arturo andaba lejos del caserón, lo que le daba ansiedad, por ello aprendió a trepar fácilmente, todo eso le hacía honor al nombre que llevaba… Agnolia, así como las magnolias, pero sin eme, bella, diestra y odorífera. Radiante.
Agnolia y Arturo fueron padres dignos para la niña en el sentido amplio de la palabra digno, a los catorce años ella jugaba con los animales del campo, eran amigos con los que compartía sus travesuras de niña adolescente, su carita se inundaba de una sonrisa tan hermosa que hasta el mismo sol podía ser apagado con tal efecto, llevaba su cabello enmarañado, donde probablemente enredados estaban entre los cadejos alguna que otra ramita o bichito del jardín, muy inocente y soñador era su semblante, la cara llena de pecas alrededor de la nariz puntiaguda y larga, sus labios eran cómicos, labio inferior más grueso que el labio superior, las líneas de expresión de los costados estaban siempre presionando los pómulos, era raro verla sin una risita o una sonrisa en su boca. Sus ojos lo eran todo. Todo. Delataban sus emociones de una manera magistral, con sólo un movimiento o un arqueado de cejas, ella lograba transmitir hasta lo impensado, don el cual su madre aprendió a interpretar en una conexión poco usual, una luminosa de miradas y gestos sin tener que usar el lenguaje de señas, sus manitos delicadas dibujaban en el aire palabras sólo para comunicarse con su padre, era la niña de sus ojos; como no habría de serlo siendo que desde chiquita la hacía dormir en sus brazos, porque a Agnolia le tiraba el cabello con sus curiosos deditos, en vez de dormir se mantenía despierta y activa al jugar con el pelo de su madre. Llevaba una pluma a la altura de la oreja, pluma que un día su padre le trajo del potrero diciéndole que pasó un ángel y se le desprendió del ala al volar cerca de unos árboles… ella la miró un largo rato, hasta que decidió darle un lugar… ahí la dejó… la enredó.



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